Mudanzas y otras yerbas


La primera vez que me mudé fue previo a tener memoria; no alcanzaba el año de vida y aún sin saberlo, fue un cambio increíblemente significativo: de Misiones a Buenos Aires. Será por eso que me considero prácticamente porteña. Es que acá es dónde está mi corazón, el estilo de vida que elijo y los lugares que siento como propios.

No es el lugar dónde uno nace, sino donde se crece, el que fija los usos y costumbres.

Llegué a México una semana antes de cumplir 22 años. Para ese entonces no había pensando mucho las cosas. El país estaba en crisis, mi familia se había ido hacía un tiempo y las herramientas que tenía a la mano en ese entonces eran escasas. Mudarme parecía una de las mejores opciones. Los planes originales incluían pasar por Estados Unidos y para terminar instalándome en España.

Me fui con dos valijas y un par años después volví con el mismo equipaje. En el medio experimenté más cosas de las que jamás hubiese imaginado vivir. Es increíble como la experiencia del viaje me cambió la vida y toda la percepción del mundo. También como el volver sin nada, ya sea familia, dinero o contactos fue uno de los desafíos más grandes que afronté en mi vida.

No es de extrañar que esta vez me genere tanta ansiedad emprender esta nueva aventura en San Francisco. Hay miedos que se activan y es muy díficil procesarlos. Dicen que mudarse se encuentra entre las experiencias más traumáticas de la vida, es el desarraigo que provoca junto con el stress que acompaña toda la situación la que nos hace conocernos cómo somos en momentos extremos.

Hay que buscar paz a cada instante, incluso cuando esta se esfume rápidamente.

Cambiar de país se siente como un gran salto al vacío, del otro lado es la incertidumbre absoluta. ¿Cómo va a ser mi vida? ¿En dónde voy a vivir? ¿Qué actividades voy a realizar a diario? ¿Qué voy a comer? Porque hasta la alimentación cambia, los usos y las costumbres son diferentes, los códigos entre personas, los horarios de salidas, el ambiente mismo de la ciudad, dónde se va a habitar y la vibra particular que pueda tener.

Ir a San Francisco es un desafío importante en todo sentido para mí. Profesionalmente será EL gran desafío, es es jugar en las grandes ligas y viene acompañado de grandes oportunidades, también de muchos sacrificios y trabajo. Pagar el derecho de piso en un lugar nuevo siempre lleva tiempo. Entablar reclaciones y hacer amigos aún más.

Relacionarse con la gente porque son personas, no por el trabajo que llevan o la posición que ocupan. Querer a la gente da más beneficios que cualquier otra relación.

En medio de esta montaña rusa, me reencontré con los amigos de siempre y disfruté de los nuevos. Muchos de los que están presentes hoy, lo hacen de la misma manera que lo hicieron hace 10 años, incluso con las distancias intermedias que otorga la vida. Los afectos perduran en el tiempo, incluso cuando la cotidianidad desaparezca.

Es importante crearse una red, pedir ayuda y encontrar en quién recostarse momentáneamente.

Aprendí a dejar ir.

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