Miranda


Miranda era la nena nueva de sexto grado, la de pelo cortito que se sentaba unos bancos más al costado que yo.  Cruzamos unas pocas palabras, varias sonrisas, una goma y un sacapuntas. Cuando vio que las demás me destrababan -no estaba pasando una etapa muy popular que digamos- se hizo mi amiga sin dudarlo. Se cambió de banco para estar más cerca y desde entonces fuimos inseparables.

Me encantaba ir a la casa de Miranda. La madre siempre estaba bien arreglada, y aunque a veces se enojaba, nunca era para tanto y siempre era bastante justa. Cuando no me quedaba en la casa de ella, ella se quedaba en la mía, aunque menos, porque mi hermanita era un bebé y no queríamos despertarla con nuestras risas. Por las noches hablábamos por hoooooras, tenían que venir a apagarnos la luz y aún así continuábamos un  buen rato hasta quedarnos dormidas .

Juntas éramos periodistas y queríamos prevenir el cambio climático. Todavía tengo memoria de correr por el zoologico filmando un trabajo práctico que se convirtió en una super producción que editamos gracias a la ayuda de mi mamá y la videocasettera. Éramos las mejores amigas del mundo mundial, nuestras aventuras no tenían fin, a tal punto llegaba nuestra unión que una vez llegamos como a 5 días sin bañarnos.

Y aunque teníamos la misma edad, en comparación, ella siempre me pareció más grande que yo; su mirada era más centrada, su percepción de la realidad y del entorno, el manejo que tenía para pararle el carro a las otras nenas y siempre tener una respuesta inteligente para todo. Yo era un poco mejor en matemáticas.

La quiero tanto a Miranda, cada vez que pienso en ella un cálido y cariñoso sentimiento me invade. También vergüenza y un poco de enojo.

Estábamos jugando en la cama, saltando, y algo pasó, una tontería que realmente no recuerdo… me acuerdo que me puse como loca, se me iba la mano gritando cuando me enojaba, mucho mucho drama y la verdad que me ponía insufrible. Miranda -que la tenía re clara- ya me conocía en estos berrinches y ni se inmutaba. Así que en esos abusos que uno comete con los amigos, puse en práctica el nuevo super poder que había aprendido ‘te vas de mi casa, te estoy echando!’ le dije.

Y aunque la mayoría de los recuerdos de antes y después son borrosos, ese momento no me lo olvido más en toda la vida. Me miró a los ojos muy seria y hablando claro y pausado me pidió que pensara bien lo que estaba haciendo, que ella se iba a ir, pero que si lo hacía no iba a volver nunca más. Ella sabía muy bien que lo que estaba haciendo iba a determinar el resto de nuestras vidas, porque ella no se iba a bancar la humillación de ser maltratada y echada sin razón de mi casa y volver a ser mi amiga. Ante todo, Miranda era muy digna y sea lo que fuese lo aceptaría.

Ahora, de grande, cuando pienso en ese momento se me estruje el alma. Puedo ver los ojos de Miranda buscando entre los míos que recupere la razón, que no deje mi ira y mi capricho crecer así, que me de cuenta que ella es mi amiga y que siempre estuvo ahí para defenderme y acompañarme.

Nos miramos fijamente por un momento, midiéndonos y con el brazo estirado con el índice apuntando hacia la puerta hice uso de toda mi capacidad pulmonar “Andate!” grite en voz bien alta. En ese mismo momento buscó sus cosas y se fue sin decir una palabra.

La verdad es que yo nunca me había enojado realmente, simplemente estaba teniendo un berrinche con el drama necesario para probar de echar a alguien de mi casa y salir impune, porque había aprendido en la tele que se podía hacer eso y quería probar mi nuevo superpoder. Así fue como al día siguiente en la escuela la traté como si nada y ella, como debía ser, no me habló más. Pasaron unos días y volvió a ser cordial conmigo, pero jamás volvió a ser mi amiga.

Años más tarde cuando apareció Facebook y se vino el grupo de las chicas del primario, las fotos con guardapolvo y las amenazas de reencuentro, la busqué y la agregué como amiga junto a un mensaje que en más o menos palabras me disculpaba por mis torpezas de niña.

Nunca aceptó mi pedido de amistad ni respondió el mensaje.

Fue entonces, casi 20 años más tarde que entendí lo que a los 11 años había hecho. Por que ella me miró a los ojos y me pidió que pensara bien en lo que estaba haciendo y me explicó las consecuencias. Pero no, ese día dejé que el egoísmo y la pataleta se apoderaran de todo.

Y aunque duela, debo reconocer que lo tengo merecido. Miranda era mi mejor amiga y por pendeja boluda le rompí el corazón.

Así que acá estoy -más de 20 años más tarde- escribiendo estas palabras para agradecerte el que hayas sido mi mejor amiga de sexto grado pero más que eso, para agradecerte por enseñarme que en la vida las elecciones tienen consecuencias y que no todo lo que está roto se puede arreglar.

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